La muerte del cine, a la espera
Pensando sobre la relación entre el tiempo como fenómeno existencial y nuestra estrecha empatía con el cine empecé a añorar una segunda muerte del cine, una que repose en los ojos del público, de los espectadores.
Desde hace más de un siglo la humanidad ha instaurado una entrañable empatía con las ficciones y narrativas cinematográficas. Encontramos allí una revelación de nosotros mismos, de los mecanismos que funcionan en la base de nuestras vidas. Construimos el yo justamente a partir de conexiones secuenciales, o bueno, eso es lo que imaginamos, pues poco a poco se a probado que la simultaneidad juega allí un papel esencial, y a medida que vivimos y el tiempo hace nicho en nosotros, nos aferramos, sin sospecharlo mucho, con profundo pánico, a la memoria, al Dios pasado. Es un ancla con la que esperamos hacerle trampa a la muerte, pero como decía Chaplin, “la muerte está tan segura de vencernos que nos da toda una vida de ventaja”.
El cine, por su naturaleza, ha sabido representar con idoneidad esa gramática de seguridad que permite afianzar el desarrollo de nuestras actividades cotidianas. Hacemos todo lo posible por no temer, por no desesperar ante la idea de que en realidad lo único que existe es el fugaz instante que nos atraviesa. Para hacerlo leemos cuentos, novelas, escribimos diarios, miramos y hacemos películas, todas ellas siguiendo las mismas estructuras rectilíneas sobre las que discurre nuestra conciencia: una gramática de la supervivencia, un silencioso lenguaje del miedo, todo un culto a la huella.
Presiento que poco a poco las salas de cine empezaran a vaciarse dejando en el olvido las anécdotas, las tragedias, los héroes, villanos, comedias, loes espejismos de la vida, para darle paso a una segunda vida de lo visual, una vida más dinámica, más cercana al fenómeno de lo real: lo fugaz, la simultaneidad.
El cine como técnica, como arte, empezó a morir desde que artistas como Maya Deren, o Stan Brackage y cineastas como Jean Luc Godard o Rossellini se lanzaron sin temor, o con algunos, a explorar nuevas capacidades y posibilidades de la imagen-movimiento. Desde entonces muchas cosas han pasado, la nueva ola, el cine realidad, las transformaciones argumentales, el video arte, el videoclip, las narraciones interactivas, youtube, en fin, un sinnúmero de valores formales que le han enseñado a los espectadores perspectivas desconocidas, rincones desde los cuales no se habían atrevido a mirar una imagen.
Sospecho, por lo tanto que a hollywood y a sus comensales y pupilos se les va agotando el juego. Los ojos empezaran a acostumbrarse, y como también pasa con el amor, empezarán a pedir nuevas expresiones, variaciones, etc. Al cine le sucede lo mismo que a nuestro sistema socioeconómico, se le agotan los recursos.
Siguiendo el tono de este enmarañado texto les recomiendo dos películas que abordan algunas de las ideas aquí tocadas de manera genial y conmovedora:
Relámpago sobre el agua

Historia de Lisboa























